Hola, y bienvenidos. Soy Inés Carvajal, nacida en la huerta de Murcia — la huerta de Europa, como nos gusta decir por aquí, y no por presumir: es que de estos bancales come medio continente. Aprendí a cultivar donde el agua es oro y el sol no negocia, y de esa escuela salen los mejores trucos. Este sitio es mi manera de seguir transmitiendo lo aprendido, desde el cuaderno de notas que nunca me abandona.
La huerta, antes que el abecedario
Mi abuela Encarna tenía un bancal junto a una acequia menor y una sombra de parra donde se decidían las cosas importantes. De cría, mi tarea era espantar a los pájaros del semillero y aprender sin que se notara. Ella no daba clases; te ponía el capazo en la cadera y el ejemplo delante. Lo primero que le aprendí vale para todo jardín de secano: aquí no se riega por costumbre — se riega por necesidad, en su hora, y al pie.
En casa el agua se contaba por tandas, y con ella se contaba todo lo demás: qué se sembraba, cuándo, y cuánto. Esa aritmética del agua, que parece pobreza, es en realidad la mayor riqueza técnica que me dieron: quien aprende a cultivar con poca agua, cultiva bien en cualquier parte.
Una vida entre limoneros y semilleros
Trabajé más de treinta años en explotaciones de la vega: primero en los semilleros, después llevando cuadrillas en los limoneros y los pimientos para pimentón. Vi llegar el riego por goteo cuando algunos lo llamaban capricho, y vi cómo cambiaba la huerta entera. De aquellos años me quedó el oficio fino: injertar cítricos, acolchar como es debido, leer una hoja antes de que la planta proteste. Ahora que estoy retirada, lo cuento aquí, paso a paso, como me hubiera gustado que me lo contaran a mí.
Andrés, y la cuenta del agua
Compartí la vida con Andrés durante treinta y dos años. Era regador, de los que se levantaban a las tres de la mañana cuando tocaba tanda, y volvía con el amanecer y dos limones en el bolsillo. Se me fue un mes de agosto, de repente, y desde entonces el limonero grande del patio da más fruta que nunca, como si quisiera disimular la falta. Yo lo dejo hacer.
De Andrés aprendí que el agua no se discute: se administra. No soy mujer de teorías raras; soy una mujer que ha visto cincuenta veranos de vega, y que sabe que un acolchado de tres dedos ahorra más agua que cualquier aparato. Pensad de ello lo que queráis — yo no tengo nada que vender, y sí mucho que compartir.
Azahara, y los pequeños placeres
Hoy vivo en la casa de la vega, con una perrica menuda que se llama Azahara y que persigue lagartijas con más fe que acierto. Escribo estos artículos al fresco de la mañana, bajo la parra, con café y un paraguayo si es temporada. Mis debilidades, lo confieso: los paparajotes de limonera — hoja de mi propio árbol —, el pimentón de la vega en todo guiso que se deje, y la primera tajada de melón de agosto, comida en el bancal, de pie, como mandan los cánones.
Lo que encontraréis aquí
Técnicas y trucos contados con el delantal puesto: cómo regar mucho con poca agua, cuándo y cómo acolchar, el injerto de cítricos paso a paso, la sombra que sí y la sombra que no, hortalizas y aromáticas que aguantan el calor de la vega sin despeinarse. Fichas de mis plantas de siempre — limoneros, pimientos, tomates de colgar, jazmines de patio — y, de cuando en cuando, una historia de la huerta que casi no tiene que ver con la jardinería, pero que me hace ilusión contaros.
Si mis palabras os acompañan un poco en vuestro propio jardín, me daré por contenta. Y si queréis escribirme unas líneas, encontraréis todo lo necesario en la página de contacto. Os espero.
— Inés, desde la huerta de Murcia